jueves, 28 de septiembre de 2017

Middle Age Freak: Mi Reporte de Historia


En mis años de preparatoria cursaba la materia de historia bajo la guía del profesor Nicolás Fernando, en el CCH Naucalpan. Como a muchos nos pasa, hay varias clases y maestros que recuerdo de ese tiempo, por diferentes razones. En el caso del profesor Fernando se trataba de dos aspectos. El primero era que su línea de enseñanza de la historia se basaba en el análisis de los modelos socioeconómicos en cada fase de las civilizaciones humanas y su influencia dentro de las mismas. Dicho de manera más simple; la historia la define el dinero.

El segundo aspecto fue que, para aprobar su clase a final del semestre debíamos presentar el reporte y análisis de un evento histórico sucedido en México durante la segunda mitad del siglo XX. En ese entonces, con el movimiento zapatista en boga y moda, muchos compañeros de la clase escogieron el levantamiento del EZLN o eventos más populares y característicos de alumnos universitarios, como el movimiento estudiantil del 68. Por mi parte, yo escogí el terremoto de 1985.


Realmente no guardo muchos recuerdos propios de aquel siniestro. Viviendo entonces en la periferia de la Ciudad de México, donde Santa Fe era el lugar donde daba vuelta el aire, el temblor no se sintió con tanta fuerza. Incluso me enviaron a la escuela ese día después del sismo mientras mi padre, viviendo entonces en el centro de la ciudad, se afanaba para encontrar el orden en ese caos. La vida siguió durante ese día y los siguientes, sin que yo comprendiera en realidad la magnitud de lo que había sucedido y de las acciones de rescate, la organización del pueblo para apoyarse mutuamente y las cicatrices que esto dejaría en toda la ciudad. Tal vez por eso escogí este tema para mi trabajo de historia, pues realmente no conocía mucho de aquel famoso terremoto.

Aun con un ligero asomo de Internet en ese tiempo, realmente no existía tanta difusión de la información, así que sumergirse en los archiveros indexados de la Biblioteca México era obligatorio, además de que era el único lugar que conocía donde había periódicos de la época. Me sumergí en notas periodísticas, reportajes, noticias de los días posteriores al terremoto, crónicas, columnas y reflexiones; reportes de apoyo insuficiente, donaciones malversadas, edificios que dejaban en evidencia su abaratamiento de materiales, pobre mano de obra y permisos de construcción comprados por debajo de las mesas; historias de heroísmo cargadas de sentimentalismo mediático y en medio de referencias al terremoto de 1957, el surgimiento de Marcos Efrén Zariñana La Pulga y Los Topos de Tlatelolco, los grandes planes para la reconstrucción de la ciudad y la implementación de métodos de prevención, junto con seguros inmobiliarios retenidos por tecnicismos.

Mentiría si dijera que a raíz de este trabajo escolar me volví una persona consciente de la situación precaria que vive nuestro país en materia de prevención ante desastres naturales, pero sí trato de participar en los simulacros que se me presenten y creo que, a partir de ahora, prepararé a conciencia mi mochila de 72 horas, pero esta investigación sí sembró en mí una idea que ahora he hecho consciente a raíz de este nuevo terremoto, a treinta y dos años de distancia del que, hasta entonces, me parecía el mítico Temblor de 1985. Y es que los temblores, los incendios, las inundaciones y muchos otros desastres, son obra de la casualidad y la naturaleza. Pero las tragedias son obra de las personas.

Tal vez ahora tengamos más canales de comunicación que hace treinta años, pero el nivel de desinformación parece ser el mismo que fue entonces. La desorganización en los centros de acopio, el exceso de donaciones perecederas, los intereses políticos y económicos, los seguros inmobiliarios cuestionados, las construcciones mal realizadas que se derrumban junto con evidencias de corrupción, la falta de cultura de prevención, las historias pre-generadas de valor humano y el lento descenso al desinterés general a una semana del siniestro también parecen ser los mismos de 1985.


Por otro lado las auténticas historias de heroísmo anónimo, el valor y sacrificio cívico de una sociedad que ayudó a los suyos en la medida de sus posibilidades y hasta más, los esfuerzos en medio de los escombros, la lluvia y el desvelo a favor de desconocidos, tampoco parecen haber cambiado o disminuido. Así que realmente no sé cómo sentirme con respecto a esta falta de cambios sustanciales: complacido o consternado. Tal vez lo sepa con seguridad dentro de algunos años. Aunque, sinceramente, espero no averiguarlo nunca.

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